| El destino de Moisés - por Marcelo Pereira - Brecha 27/08/2004 |
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| domingo, 19 de septiembre de 2004 | |
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Seregni terminó de entrar a la historia grande y mítica. Ahora empieza la lucha por el significado de su potente imagen, que no será fácil de apresar en la rigidez de un monumento. Marcelo Pereira El general Liber Seregni se hace mito, y ya no se le mide contra sobrevivientes, sino entre las figuras heroicas legendarias. Para empezar, Artigas, por supuesto. Vaya uno a saber qué pensaría de eso un hombre como él, tan apasionadamente racional. No olvidemos que decidió ingresar en la escena partidaria a los 54 años, cuando la política ya es asunto de convicciones decantadas. Pero también cultivó "la mística", con tanto empeño como el realismo. No fue fácil de entender, ese general tan civilizado. En este país organizado para que colorados y blancos representaran juntos el universo, fundó un nuevo partido que ya los arrincona, pero también trabajó con ahínco para guardarles un lugar. Como se dijo, era difícil comprender a ese político tan avezado en la estrategia militar. Aquí, ahora, para gente que lee semanarios, hay que internarse en delicados argumentos contrapuestos, identificar huellas y proponer claves. Muchos otros preferirán las razones más simples y la convicción profunda de que no les falló, ni en los peores derrumbes. Puede ser que se equivoquen menos. Blanco móvil. En todo caso, la gloria no salva al general Seregni de las operaciones más habituales para vaciar a los símbolos. Ya se le pinta, por ejemplo, como un hombre que sólo trabajó por la tolerancia y la conciliación, casi un predicador apolítico, cuya prisión sólo pudo deberse a la maldad demencial de unos pocos extraviados. Ya parece que lo único que le importaba ante los conflictos sociales era apaciguarlos. ¿Habrá sido suya la culpa de ese malentendido? En los últimos ocho años de su actividad pública, que comenzaron a sus 79 y tras renunciar a la presidencia del Frente Amplio, jerarquizó sin duda la búsqueda de entendimientos en un marco de amplia diversidad política y social, aunque eso exigiera relativizar posiciones históricas de la izquierda (incluso en relación con los crímenes de la dictadura). Ese período, en el que pasó de "la orgánica" a "la libre", e irritó a unos mientras entusiasmaba a otros, fue el último de su extensa trayectoria, y por ello pudo interpretarse como una síntesis o un retroceso. Pero más de un bandido que ensalza hoy a Seregni "con suave y dulce falsete", como decía don Francisco Acuña de Figueroa, debería reconocer que ese hombre tan honesto nunca hizo autocrítica de sus duras posiciones contra "la oligarquía y el imperialismo" antes de la dictadura, y luego de ella contra las fuerzas "antinacionales, antipopulares y antidemocráticas". Va de suyo, si hablamos de una persona tan honrada, que no expresaba arrepentimiento porque no se había arrepentido. Y entre tantas alabanzas a su lucha por la democracia, podría ser provechoso recordar que no combatió contra molinos de viento, ni sólo contra un grupito de malos militares que ya se están extinguiendo. A su vez, quienes piensan que de 1996 a 2004 perdió las convicciones izquierdistas, o quizás el juicio, deberían valorar que la misma falta de autocrítica descarta la primera hipótesis, y que ambas se vuelven insostenibles, por ejemplo, ante su último y magnífico discurso, el 19 de marzo de este año en el Paraninfo de la Universidad de la República. En otras palabras, los realmente interesados en entender a Seregni desde la derecha no deberían soslayar la mayor parte de su vida política, y desde la izquierda no hay derecho a ignorar su tramo final. Él estuvo convencido de que había operado en forma consecuente, por distintos medios, para avanzar hacia los objetivos fundacionales del Frente Amplio. Cuando se dice que el general llegó a trascender al Frente, y a convertirse en patrimonio nacional, unos cuantos entienden, o quieren entender, que eso lo había desembanderado. Error. ¿O no había que creerle, a ese hombre tan creíble, cuando proclamaba su indeleble identidad frenteamplista? ¿Será que pensaba, como un famoso ruso, que para enderezar un bastón torcido hay que curvarlo en el sentido inverso? Disensos, consensos. Abogó por acuerdos desde una identidad indudable, y eso no debería confundirse con la pérdida de identidad. Le importó mucho, por ejemplo, que desde el Frente Amplio se percibieran defectos propios y virtudes ajenas, pero nunca se le supo afiliado a cierta especie de agnosticismo político que hoy postula la derecha. Porque una cosa es señalar que la vida política no es como El señor de los anillos, donde las nobles fuerzas del bien se unen contra las viles del mal, y otra muy distinta es ignorar que hay buenos y malos. Una cosa es subrayar la necesidad permanente de revisiones y aprendizajes, y otra es renunciar a la distinción entre aciertos y errores. Y tampoco debería pensarse que buscaba entendimientos programáticos por alguna convicción tardía de que la lucha de clases se debe a una serie de malentendidos. Bobo no era. Sin embargo, hoy trata de ganar espacio un peculiar e interesado relato de su vida, que lo elogia para acusar al partido que fundó: se alaba su amplitud para decir que los herederos frenteamplistas son estrechos, su generosidad para tratarlos de mezquinos, su cultura para tratarlos de ignorantes, y así sucesivamente. Quienes así proceden tratan de aprovechar la percepción, muy extendida en estos días y claramente acertada, de que el país ha perdido a una figura irrepetible. Sobre esa base, postulan que ahora el Frente no tiene arreglo, y que el proyecto encarnado por Seregni quedó irremediablemente inconcluso. Y si los que quedan, en ausencia del gran hombre, son todos más o menos iguales, dentro y fuera del Frente, tanto da, insinúan, votar a unos o a otros. Hay una forma especialmente rastrera de partidismo que ama travestirse de valor trascendente. Pero Seregni esparció en vida mucho más que cenizas, y se nota. Desde los 85 mil votantes en blanco de 1982, no hay que medir sólo la distancia hasta la suma de decididos a votar este año por los candidatos de la izquierda, que ya anda por encima de un millón. También hay que contar hasta la convicción actual, aun más extendida, de que aquel voto en blanco, defendido por el general desde la cárcel y contra fuertes corrientes frenteamplistas, fue una opción estratégica clave para la proyección ulterior del Frente Amplio, que renovó e hizo más fuerte la fundación de 1971 (sobre la base de la permanencia en el país y el sacrificio del propio Seregni). La distancia que va de 85 mil al sentido común nacional se llama construcción de hegemonía ideológica. Una actividad a la que el general se dedicó con singular éxito, en el ámbito de la izquierda (que ya casi no percibe hasta qué punto él la cambió) y en escala nacional. Reinvención. En el campo de la izquierda, que fue el más suyo, hay una parte de su vida, desde el proceso fundacional del Frente, que se ha incorporado al abecé, pero habría que indagar más la historia previa (por aquello de que los hechos tienen causas), y prestar también especial atención a esos últimos ocho años, cuyo significado está en disputa. Seregni fue el último de los líderes que crecieron entre certezas sobre el rumbo de la historia y sobre la capacidad de comprenderlo. Pero también fue -justamente él, un veterano que nació antes de la revolución bolchevique y quedó marcado para siempre por el golpe de Terra en 1933- el único de aquellos líderes que se reinventó a sí mismo con provecho en plena posmodernidad, y de ese modo ayudó a vivirla mejor. Para la reinvención de su liderazgo apeló a convicciones de siempre, recreó ideas de sus años mozos (quizás especialmente las batllistas, con miras a una nueva integración social con centralidad política y gubernamental), y asimiló conceptos nuevos. En este sentido, puede ser muy interesante identificar semejanzas y diferencias entre el último Seregni y el Hugo Batalla que, desde el fin de la dictadura hasta 1989, fue enfrentado y derrotado por Seregni. Las demandas de aggiornamento ideológico, liberalismo político, propuestas viables y búsqueda de acuerdos con otros partidos parecen idénticas, pero no lo fueron, entre otras cosas porque el general no cuestionó jamás la vigencia del frenteamplismo ni trabajó por su propia candidatura. Si llegó a ser eso que se designa con la fea palabra "referente", fue porque muchos aprendimos que no necesariamente tenía razón en todo, pero también que siempre valía la pena escucharlo. No sólo porque era quien fue, sino también por una autoridad de nuevo tipo, asentada en el nivel, la buena fe y la audacia (tres bienes muy apreciados por su indisimulable escasez). En algunas cuestiones quedó como chivo expiatorio, señalado como punta de lanza de la dilución programática, porque buscó nuevos acuerdos con base más vasta desde el Centro de Estudios Estratégicos 1815, que en los últimos tiempos dejó incluso de elaborar propuestas propias. No se vio que, con independencia de los opinables resultados, preservaba el sano criterio de reconocer puntos de partida distintos para llegar al máximo común denominador, mientras muchos otros, en la izquierda y fuera de ella, se iban perdiendo, indiferenciados, en el tembladeral masomenista. Por momentos se le reprochó, también, una voluntad de alianzas que a varios le parecía demasiado amplia. Tres hechos determinaron que esas críticas pasaran al olvido: 1) Él quedó firme en la reivindicación de la bandera roja, azul y blanca, mientras a casi todo el resto de la dirigencia frenteamplista le venía y se le iba la novelería del encuentrismo. 2) Su proyecto empezó a parecer singularmente ordenado y restrictivo, en comparación con el proceso aluvional que ha desembocado en el (¿o la?) Frente Amplio-Encuentro Progresista-Nueva Mayoría. 3) Los hechos le dieron la razón en 1999, cuando insistió en todos los tonos sobre la necesidad de preparar alianzas de gobierno antes de las elecciones, y alertó con clarividencia sobre lo difícil que iba a ser lograrlas entre la primera y la segunda vuelta. Permanencias, cambios. En otros asuntos mantuvo, hasta el final, una arraigada distinción entre los objetivos estratégicos y otros cuyo logro no consideraba innegociable, y a muchos sacó de quicio. Sobre todo porque entre los segundos estuvo, siempre, nada menos que la cuestión resumida en la consigna "verdad y justicia". Por algún motivo, esa posición, que había defendido en la salida de la dictadura en negociaciones políticas reservadas acerca del problema de los culpables de terrorismo de Estado, antes de que se aprobara la ley de impunidad, y también hasta el fin de la gesta del voto verde (poco antes del referendo de abril de 1989, opinó públicamente que si se anulaba la impugnada, había que buscar una nueva "solución política"), se le reprochó a él en especial, mientras otros cambiaban mucho más de opinión sobre el fondo del asunto, sin que nadie los cuestionara. (En todo caso, puede convenir aquí una digresión. Muchas veces se recuerda que Seregni fue literalmente profesor de estrategia. Soñaba para obrar, y por eso trató siempre de asegurar que, tras definir el problema, el objetivo, las fuerzas en pugna y los caminos viables, se actuara en función de esas definiciones. Así operó en relación con el terrorismo de Estado, y eso lo puso en conflicto con otras posiciones presentes en la izquierda, pero no siempre porque el estratega se enfrentara con utopistas, sino también, y en más de un caso, porque su estrategia se enfrentó con otra, y ambas operaban con premisas distintas.) Su voluntad de salvaguardar a la institución militar, remitiendo los desmanes de la dictadura al área de las responsabilidades individuales, tuvo que ver sin duda con su condición de general a mucha honra. Pero no debe olvidarse que por algo el Ejército no le ha correspondido tanto amor, y aún se resiste a reivindicar a quien razonablemente puede considerarse el mejor de los suyos desde que este país es Uruguay, o sea después de Artigas. Habría que averiguar si dijeron de aquél, también, "Milico y basta". Por otra parte, Seregni incorporó explícitamente un cambio que buena parte de la izquierda ha procesado sin proclamarlo. En una entrevista publicada por Búsqueda el 25 de mayo de 2000 (que levantó gran polvareda por las críticas que contenía al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, que muchos vieron como una aproximación a la "teoría de los dos demonios" como explicación del proceso que condujo al golpe de Estado de 1973), avanzó en el cuestionamiento expreso (que fue también autocrítica) a una concepción instrumental de los derechos humanos muy extendida en la izquierda de antes, que no reconocía su carácter universal sino que ubicaba su defensa en el marco de una estrategia para golpear y aislar al enemigo, y se toleraba a sí misma lo que condenaba en otros. Liber… Muy por encima de las "banderitas/ con que cada uno quiso/ apoderarse de su vida/ apoderarse de su muerte",** y entre la fastidiosa proliferación de evocaciones en primera persona del singular, queda el legado de un conductor que dejó crecer a otros, aunque no le dijeran siempre que sí y ni siquiera se le parecieran. Cuando renunció a la presidencia del Frente Amplio, 25 años después de su fundación, ya se habían levantado en torno suyo Danilo Astori, Mariano Arana y Tabaré Vázquez, en quienes nadie pensaba como dirigentes allá por 1971. El legado de una autoridad que creció en el debate, y el de un jefe que supo irse. El de un hombre que quedó, como en la portada de esta edición de BRECHA, con la vista puesta en la libertad inconclusa que lleva su nombre.
* Hay quienes piensan que la muerte de Moisés a las puertas de Canaán fue un castigo, pero algunos herejes opinan, desde las fronteras de la religión, que todos vamos a morir sin que nuestros sueños se cumplan por completo, y que a muy pocos, quizás a los mejores, se les concede ver, al final, que los suyos pueden tener un lugar en la tierra. Y se les ahorra, como a Moisés, el desencanto de las guerras de conquista, la construcción de templos y el surgimiento de los fariseos. Habría que tener fe para terciar en estas cuestiones. ** Juan Gelman: "Muerte de Emilio Jáuregui". |
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